Relato Corto

diciembre 11, 2015

Manos armadas, poseedoras de una hoja afilada y sangre candente. Contemplé las gotas resbalar por mis brazos.

Uno, dos, tres.

Me senté sobre la taza del inodoro, lamentándome no haber podido continuar, y a la vez regocijándome en el dolor, el cual había conseguido desplazar de mi mente por unos instantes.

Cuatro, cinco, seis.

Las lágrimas cuanto más calientes caían, más fríos dejaban mis ojos.

Siete, ocho, nueve.

Mis dedos temblaban, estaban pálidos.

Diez.

El ciclo comenzaba de nuevo. La paz había finalizado por tercera vez aquella noche; la opresión de la vida volvía a cernirse sobre mi cabeza, mientras la angustia se expandía tortuosamente sin razón ni causa.

Lo peor fue darme cuenta de que la herida abierta ya no dolía, seguía sin ser suficiente para acallar el sufrimiento que gritaba mi corazón.

Repetí el proceso, y como de costumbre, mi cuerpo obtuvo unos minutos más de tregua. Ciento ochenta segundos para recomponerse y prepararse para volver a ser hundido. 

Pasé la toalla raspando mis muñecas, causándome daño, con el único propósito de olvidar mi existencia.

Pero no sirvió de nada.

La cuchilla no abandonaba mis dedos, y yo seguía rota, destrozada de todas las maneras posibles.


Aclaración: No está basado en experiencias personales.

You Might Also Like

0 comentarios

Entradas populares

Popular Posts